Vuelve y juega

Abro los ojos, miro hacia la mesa de noche y veo el celular lo cojo justo cuando empieza a vibrar y antes que empiece el sonido monofónico que supuestamente debería despertarme, apago la alarma. En este momento me enfrento a una de las decisiones más difíciles que uno puede enfrentar en la vida, posponer la alarma solo 5 minutos más (que potencialmente se convierten en 5 minutos u otra hora mas) o levantarse de una sin anestesia, sin pensar sin darle tiempo a que la cama te envuelva en sus brazos como si se tratara de la mejor amante. Ahí sin pensarlo, sin anestesia y como si se tratara de quitar una curita, me levanto y tiendo la cama y así domar al maravilloso monstruo que te atrapa en sus brazos y no te deja levantar.

La hora ha llegado, enfrentar la ducha ese momento mágico que lo teletransporta del mundo de los sueños a la realidad. Salgo de la ducha y me preparo a vestirme, no sé si usar el mismo traje viejo de estudiante de universidad pública o ya cambiarlo por uno nuevo, más de acorde a las nuevas tendencias, uno de operario, de obrero, o de cifra negativa del DANE eso si me aseguro de ponerme el pudor, la hipocresía, la cara de usted tiene la razón,  no vaya ser que se largue el agua y uno sin estar preparado.

Pienso en desayunar, pero un café suplirá la función que antes solo hacia una arepa con quesito y un café con leche, claro y cuando había tiempo un  par de huevos, no ahora un café es suficiente. Voy a la universidad, las clases parecen lo mismo que han sido desde hace 5 años pero ya que importa igual algún día el estudio me sacara adelante, para ser alguien en la vida.

Medio día pero no se dé quien, porque mi día generalmente empieza a las 9 o 10 de la mañana y acaba a las 2 o 3 am, de todas formas hace ganas de almuerzo y embolato el estomago con cualquier pendejada comprada en la cafetería, debería comprar un almuerzo completo vale casi lo mismo, pero la sensación de llenura es mayor.

Voy al centro, camino por las mismas calles de siempre, recordando en la esquina que alguna vez le dije a alguien algo que sería importante en algún momento; la esquina donde le di un beso a una Fulana que otro día le dio un beso a un Sultano en la misma esquina, que otro día le dio un beso a una Perana y así otros tantos días con otros tantos nombres; luego llego a un lugar común, un lugar que no significa nada, un lugar que bien podría ser destruido y reconstruidos y nada pasaría y me quedo allí, nada pasa por que nada tiene que pasar. Luego sin buscar encuentro a otra gente con la que comparto cosas, hablo del clima, de filosofía cotidiana, hablo de historia y de las razones políticas para que el pan de mil valga mil y no mil cincuenta o novecientos, hablo de ella, de ellas, de nadie y de porque me gustan los gudiz con leche.

La tarde se hace noche, y las discusiones y los temas cambian tan rápido como un caleidoscopio girado con afán, sin reparo, disfrutando algunos momentos de una imagen, pero sin pasar mucho tiempo en ella de tal modo que no se nos vuelva real todo lubricado por una, por dos, por tres, por cuatro, por varias, por muchas cervezas. Finalmente el hambre arrecia y la opción de perro con gaseosa a dos mil se hace más provocativa que nunca.

Luego de comer y con el sueño y desesperación que genera estar lejos de la casa tomo un bus, le doy mis últimos mil trescientos pesos y me siento en la banca de atrás, la llanta, la que aniquila los riñones, la que aplana el trasero, pero en la que poca gente se sienta y me puedo sentar recostado contra la ventana con la pierna en la silla y en esta poción cómoda para mi, hasta que el chofer del circular le da por competir con el otro bus y frena y acelera como si no importara el desnuque de los pasajeros.

Llego a mi casa, me cepillo los dientes y me pongo la ropa de casa, me siento en frente del portátil y reafirmo mi existencia al mundo en internet. Me canso y pretendiendo que mañana voy a hacer lo que no hice hoy voy a dormir hasta que abro los ojos miro hacia la mesa de noche y veo el celular lo cojo justo cuando empieza a vibrar y antes que empiece el sonido monofónico que supuestamente debería despertarme, apago la alarma. En este momento me enfrento a una de las decisiones más difíciles que uno puede enfrentar en la vida, posponer la alarma solo 5 minutos más (que potencialmente se convierten en 5 minutos u otra hora mas) o levantarse de una sin anestesia, sin pensar sin darle tiempo a que la cama te envuelva en sus brazos como si se tratara de la mejor amante. Ahí sin pensarlo, sin anestesia y como si se tratara de quitar una curita, programo el celular en media hora más y vuelvo a dormir….

 

4 Comments

  • Juan September 20, 2011

    Será que nos estamos volviendo normales, o nuestra anormalidad nos está llevando sin pena ni gloria hacia una mesa servida con cerveza y unos cuantos cigarrillos en un cenicero.

  • X November 28, 2013

    La historia de mi “misera” vida (?)

    • icaro November 28, 2013

      de muchos, de muchas vidas….

  • X November 28, 2013

    “Mísera”

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